Los padres suelen esperar de la empatía un resultado ya hecho: que el niño comparta los juguetes, cuide al hermano pequeño, no se burle de sus compañeros. Pero la empatía no es una lista de buenas acciones, sino una habilidad compuesta de tres partes: notar lo que siente el otro, entender por qué lo siente y tenerlo en cuenta al actuar. Cada parte se entrena, y no tanto con charlas sobre la bondad como con el juego y el ejemplo vivo. A continuación, cómo crece esta habilidad según la edad y a qué jugar en cada etapa.
¿Qué es la empatía y qué no lo es?
La empatía es la capacidad de comprender los sentimientos de otra persona y responder a ellos. Conviene separarla de aquello con lo que se confunde. La empatía no es lástima: quien siente lástima mira desde arriba; quien empatiza se pone al lado. No es cortesía: se puede decir «por favor» y no darse cuenta de que alguien lo está pasando mal. Y tampoco es la obligación de salvar a todos y ceder siempre: entender lo que siente el otro no significa aceptar lo que exige.
Para nosotros, en el club, esta distinción es esencial: la empatía es la base de la elección moral, no una forma de resultar cómodo. Un niño con empatía desarrollada no «cede siempre»; ve lo que le pasa al otro y elige su acción teniéndolo en cuenta. A veces esa acción es ayudar, a veces decir «no», a veces llamar a un adulto.
¿Cuándo aparece la empatía en los niños?
Antes de lo que se suele pensar, y más tarde de lo que a los padres les gustaría. Ya los bebés se contagian de las emociones ajenas: llora uno y llora toda la sala de maternidad. Un niño de dos o tres años nota que su madre está triste y le trae su osito: la compasión ya existe, pero ayuda con lo que lo consolaría a él mismo. Entre los tres y los cinco años se produce el giro clave: el niño empieza a entender que la otra persona siente y piensa de forma distinta a la suya (véanse los estudios más abajo). A partir de ese momento ya se puede hablar en serio con él de «¿cómo se sentirá él?». Hacia los seis o siete años se suma la comprensión de los sentimientos mezclados («contento con el regalo y dolido porque no es el que quería»), y para los de nueve a doce el gran examen es mantener la compasión bajo la presión del grupo, cuando «todos se ríen» de uno solo.
De ahí la regla: los juegos y las conversaciones tienen que acertar con la edad. Exigir a un niño de tres años que entienda «desde dentro» el enfado de su hermana es prematuro; limitarse con uno de diez a las tarjetas de emociones llega tarde.
Qué dicen los estudios
Tres trabajos que vienen al caso. De cada uno se indica qué mostró y qué no demuestra.
La compasión se ve ya con poco más de un año, y crece hasta los tres
Quién y con quién. Ariel Knafo, Carolyn Zahn-Waxler y colegas, 2008, Emotion. 409 parejas de gemelos; en varios momentos entre los 14 y los 36 meses se observó cómo reaccionaban los niños al dolor simulado de la madre y de la experimentadora.
Qué encontraron. Tanto la preocupación compasiva como los intentos de entender qué había pasado y la ayuda aumentaban de los 14 a los 36 meses. La empatía resultó ser una disposición relativamente estable: coherente entre edades, entre su lado emocional y su lado comprensivo, y entre la reacción ante la madre y ante una adulta desconocida. Con la edad crecía el peso de la herencia y disminuía el del entorno familiar común; pero la relación entre la empatía y la ayuda real se explicaba sobre todo por el entorno.
Qué no demuestra. Gemelos, laboratorio, un solo país; un dolor simulado no es una desgracia real. Y no es un argumento del tipo «la empatía es innata, no hay nada que educar»: precisamente el paso del sentimiento a la acción, según estos datos, depende de lo que hacen los adultos.
Entender que el otro piensa distinto se forma en la etapa preescolar, en todos los países
Quién y con quién. Henry Wellman, David Cross y Julianne Watson, 2001, Child Development. Metaanálisis de 178 estudios con tareas de «falsa creencia», una prueba de si el niño entiende que otra persona puede tener por cierto algo que en realidad no lo es.
Qué encontraron. Los preescolares pasaban de resultados por debajo del azar a resultados por encima, y ese patrón se repetía en distintos países y con distintas variantes de la tarea. Los autores concluyen que se trata de un cambio real en la comprensión de la mente ajena durante los años preescolares, no de un artefacto de las pruebas.
Qué no demuestra. La prueba de falsa creencia no es una prueba de empatía: mide la comprensión de los pensamientos ajenos, uno de los tres pilares de la habilidad, no la compasión. Pero para el padre la conclusión es práctica: la pregunta «¿cómo se sentirá él?» empieza a funcionar de verdad en la edad preescolar, y es un desarrollo que no se acelera a base de exigencias.
La empatía se puede entrenar; mejor empezar pronto y trabajar varias de sus partes
Quién y con quién. Tina Malti y colegas, 2016, Journal of Clinical Child and Adolescent Psychology. Análisis de 19 programas escolares con sólido respaldo empírico dirigidos a la empatía en niños y adolescentes.
Qué encontraron. La mayoría de los programas tenía en cuenta las diferencias entre cursos; ninguno, las diferencias dentro de un mismo curso. Un inicio más temprano y un mayor número de componentes de la empatía abordados se asociaban en parte con un efecto mayor.
Qué no demuestra. Son programas escolares, no juegos en casa; los efectos varían y no siempre se mantienen. Pero la dirección coincide con la lógica de los juegos que siguen: empezar desde pequeños y entrenar las tres partes: notar, entender, actuar.
Para el padre, la conclusión de los tres trabajos es la misma: el niño tiene compasión mucho antes de tener palabras, la comprensión de la mente ajena llega sola en los años preescolares, y lo que sí cultivan los adultos es la conversión del sentimiento en acción: con el juego, con el ejemplo y con una pregunta en lugar de una orden.
Juegos para desarrollar la empatía: 3–5 años
- «El espejo». Usted muestra un sentimiento con la cara; el niño lo adivina y lo repite; luego se intercambian. Así se entrena la primera capa de la empatía: leer la emoción en el rostro.
- «¿Qué siente el personaje?» En cada ilustración llamativa del cuento, una pausa breve: «Mira el conejo. ¿Cómo está, alegre, asustado? ¿Y por qué?». Un solo cuento son diez pequeños entrenamientos.
- Un cuidado real y propio. Regar la planta, poner comida al gato, llevarle el té a la abuela: no es «ayudar en casa», sino una zona personal de responsabilidad por un ser vivo. El hábito de la compasión nace de los hechos, no de las charlas sobre la bondad.
- Ponga palabras a los sentimientos ajenos en el parque. «El niño llora: se le ha roto el cochecito. ¿Te acuerdas de lo mal que lo pasaste cuando se te reventó el globo?». El puente entre el sentimiento del otro y la experiencia propia es el mecanismo principal a esta edad.
Juegos para desarrollar la empatía: 6–8 años
- «Cambio de papeles». Representen la pelea de ayer, pero el niño hace de usted y usted de él. Las risas están garantizadas y, de paso, el niño se oye por primera vez desde fuera: es un ejercicio de cambio de perspectiva, el núcleo de la empatía.
- «Adivina el sentimiento». Charadas en las que no se representan animales, sino emociones: mostrar sin palabras «ofensa», «orgullo», «vergüenza». Amplía el vocabulario emocional, y quien sabe nombrar sabe también notar.
- Pausa en los dibujos animados. En una escena de conflicto, pause y haga dos preguntas: «¿Qué siente este? ¿Y aquel?». El truco es preguntar por los dos, incluido el «malo». Entender los sentimientos del agresor no significa aprobar lo que hace, y esa distinción merece decirse en voz alta.
- Perder en un juego de mesa. No se deje ganar siempre: una derrota vivida es un simulador de compasión. Quien pierde conoce ese sentimiento desde dentro; quien gana aprende a alegrarse sin pisotear al rival.
- Una tarjeta para quien lo pasa mal. Un compañero enfermo, la abuela triste: proponga dibujar o escribir algo para esa persona. El niño se esfuerza en imaginar: ¿qué le alegraría? Eso ya es empatía en acción.
Juegos y prácticas: 9–12 años
- «Dos verdades». Tomen un conflicto —de la vida, de un libro o de las noticias— y cuéntenlo dos veces: desde el punto de vista de cada participante, en serio, sin caricaturas. La tarea del niño es encontrar en qué tiene razón cada uno a su manera. Este ejercicio prepara para lo más difícil: sentir compasión por quien no está de acuerdo contigo.
- Entrevista a los mayores. Que el niño pregunte a su abuela o a su abuelo: ¿a qué le tenías miedo a mi edad? ¿Con qué soñabas? Descubrir que los adultos tienen su propia vida interior es el mayor impulso a la empatía en esta edad.
- Ayuda de verdad, no un juego de ayudar. Un refugio de animales, una recogida de ropa, echar una mano a la vecina, con una condición: el niño participa en la decisión de a quién y cómo ayudar. El «bien a la fuerza» impuesto desde arriba no desarrolla la empatía, sino el rechazo hacia ella.
- Conversaciones sobre «todos se reían». Las historias del colegio sobre cómo la clase se burlaba de alguien no son un motivo para sermonear, sino material: «¿Qué crees que sentía él? ¿Y los que se reían por seguir al grupo, cómo se sentían?». Justo aquí la empatía se cruza con el tema del acoso; más sobre ello en el artículo sobre el acoso escolar.
¿Qué errores de los adultos matan la empatía?
- El «consuélalo» y el «pide perdón» obligatorios. La compasión arrancada al niño le enseña a fingir el sentimiento, no a sentirlo. Funciona la pregunta en lugar de la orden: «¿Cómo puedes ayudarle?». Cómo se repara un daño sin un «perdón» forzado, en el análisis sobre el niño que se llevó algo ajeno.
- Avergonzarlo por «insensible». «¡Cómo no te da vergüenza, si está llorando!»: el niño no oye nada sobre los sentimientos del otro, solo que él es malo. La vergüenza cierra la empatía, no la abre.
- Restar valor a sus propios sentimientos. El niño al que le dicen «no llores, es una tontería» aprende lo esencial: los sentimientos son una tontería. Los de los demás también. La empatía hacia los otros empieza cuando a uno lo toman en serio; ese es el cimiento de toda la inteligencia emocional.
- Compararlo con los niños «buenos». «Mira, María siempre comparte» no cultiva bondad, sino rencor hacia María, y de paso hacia usted.
- Exigir compasión hacia quien lo maltrata. «Entiende a tu hermano, es pequeño» después de cada juguete arrebatado enseña a tolerar la injusticia, no a empatizar. Primero, protección y reconocimiento de su agravio; después, la conversación sobre los sentimientos del otro. Cómo gestionarlo entre hermanos, en el artículo sobre la rivalidad entre hermanos.
Empatía y límites: ¿por qué la sensibilidad no es debilidad?
El último punto y, quizá, el más importante. A veces los padres temen: si lo criamos demasiado bueno, se aprovecharán de él. El temor es comprensible, pero apunta a otra cosa. Se aprovechan precisamente de quien no distingue entre «entender» y «ceder», y eso es un déficit de límites, no un exceso de empatía.
Por eso, enseñe las dos habilidades a la vez. «Veo que estás disgustado, pero este cochecito es mío; te lo daré cuando termine de jugar» es la frase de una persona de siete años que tiene en orden tanto la empatía como los límites. Un niño así sabe notar el dolor ajeno, ayudar por decisión propia y decir «no» sin sentirse culpable. Esa es, en realidad, la meta: no una bondad cómoda para exhibir, sino la capacidad interior de tener en cuenta a los demás sin dejar de ser uno mismo.
Fuentes
- Knafo A., Zahn-Waxler C., Van Hulle C., Robinson J. L., Rhee S. H. The developmental origins of a disposition toward empathy: Genetic and environmental contributions. Emotion, 2008, 8(6), 737–752. doi:10.1037/a0014179
- Wellman H. M., Cross D., Watson J. Meta-analysis of theory-of-mind development: The truth about false belief. Child Development, 2001, 72(3), 655–684. doi:10.1111/1467-8624.00304
- Malti T., Chaparro M. P., Zuffianò A., Colasante T. School-based interventions to promote empathy-related responding in children and adolescents: A developmental analysis. Journal of Clinical Child and Adolescent Psychology, 2016, 45(6), 718–731. doi:10.1080/15374416.2015.1121822
Los juegos son ejemplos, no un programa: adáptelos a su hijo. Este material no sustituye la consulta presencial con un especialista.
